Por Leandro Tuntisi

Amor, muerte, tarantela y vino

                  “Esistono due classe di crimine: organizzato e disorganizzato.

                      Se dovessi scegliere, sceglierei il crimine organizzato.” 

                                              Don Chicho en “La Cucina della Cosa Nostra”

Aquella era una película de Lina Wertmüller, del año 78, con la diva Sophia Loren, Marcello Mastroianni y Giancarlo Giannini; se estrenó en el Centro Cultural de Venado, el antiguo Ópera, poco después de su reconstrucción, el año 1979.

Era la historia de una viuda siciliana cuyo marido había muerto a manos de la mafia. Ella buscaba vendetta y los galanes se disputaban su duro corazón, algo así.

Los temas de la mafia habían llamado mi atención desde pibe, cuando descubrí fascinado un informe sobre la mafia italiana en una revista de actualidades que compraba mi vieja. Era por la época que había calado fuertemente la historia de El Padrino, la novela de Mario Puzo que llevaría Francis Coppola a la gran pantalla con un éxito arrasador.

Se abría ante mis ojos de pibe una galería de personajes entre simpáticos y siniestros, alternando fotos de masacres en restaurantes y barberías, todo en riguroso blanco y negro. Eran los capos de la Cosa Nostra, los jefes de las cinco familias sicilianas: Don Vito Genovese, Joe Masseria, Salvatore Maranzano (asesinados ambos en 1931), Lucky Luciano, Joseph “Joe Bananas” Bonanno, Carlo Gambino -con cara de “abuelito bueno”, custodiado por dos gorilas del FBI-, Frank Costello, llamado el “primer ministro del bajo fondo” -se dice que Marlon Brando tomó algunos detalles de la personalidad de Costello para la composición del personaje de Don Vito Corleone, como su característica voz cascada.

Contrariamente a la mayoría de los otros capos, Costello no era siciliano, sino calabrés. Era de la provincia de Cosenza, el lugar de donde provenía la gente della famiglia de mis ancestros (aunque otra rama de la familia afirmaba provenir de Catanzaro, lo que generaría no pocas rispideces. En fin, asuntos de familia…)

Borges haría referencia a aquella mala fama del italiano de Calabria en su Evaristo Carriego (1930) en el capítulo “Palermo de Buenos Aires”: “Hacia el Maldonado raleaba el malevaje nativo y lo sustituía el calabrés, gente con quien nadie quería meterse, por la peligrosa buena memoria de su rencor, por sus puñaladas traicioneras a largo plazo.”

Años más tarde, la cofradía del Club Dadá llevaría a escena su parodia de los temas de la mafia con “La Cucina della Cosa Nostra” –pergeñada entre pasta casera de la nonna y películas de la mafia una feliz noche de otoño en un caserón del centro de la ciudad- obra que tenía lugar entre los comensales de un ristorante de una elegante avenida de la Esmeralda del Sur.  Se había preparado un menú especial, los cappelletti al atún, receta tradicional italiana mencionada por el recordado gourmet Miguel Brascó en un artículo de una revista especializada que yo había rescatado oportunamente: “Un hombre de honor condenado a muerte, antes de pasar bruscamente al reino de las sombras, debe disfrutar de una suculenta comida, embellecida por los efluvios de algún profundo Valpolicella, ese vino a la vez seco y mórbido que se produce en la región de Verona (…) Por eso los grandes jefes de la mafia suelen ser asesinados en restaurantes, a los postres de un suculento banquete. Así murieron Joe Masseria, Willie Moretti, Joey Gallo y la famosa pareja de verdugos que trabajaba para Al Capone en Chicago: Alberto Anselmi y John Scalise, más conocidos en las crónicas del hampa como los Mutt & Jeff del crimen. El último gran asesinato ritual de la mafia, el exterminio de Carmine ‘Lillo’ Galante (julio de 1979) ocurrió en el Joe & Mary Restaurant de Brooklyn, cuando el temible gangster estaba encendiendo el cigarro final de un almuerzo copioso de pastasciutta”. Los cappelletti al atún fue, precisamente el último plato que degustó el temible Lillo.

La gente degustaba ese mismo plato entre canzonettas y arias de ópera, la noche del estreno de “La Cucina della Cosa Nostra” en el coqueto ristorante Rigoletto, hasta que hizo su irrupción el gangster rival, Joe Bananas, junto a su pandilla –luego del ingreso rumboso de Don Chicho y sus secuaces armados hasta los dientes, vitoreados por la entusiasta concurrencia mientras sonaba el tema de amor de El Padrino- y después de varias escenas de tensión entre improperios en cocoliche, finalmente Don Chicho, el “capo di tutti i capi” ejecutaba a su rival después de darle “il bacio della morte”… Había más muertes entre una feroz balacera y luego un funeral con toda la pompa para delirio del público.

Todo terminaba con la música de la alegre tarantela… y aquella noche –una cálida noche de noviembre de 1994- sería embriagadora e inolvidable…

Vendrían otras presentaciones, no tan felices, después de aquella noche feliz, como la del Restaurante Savino’s, donde una serie de incoordinaciones causadas por la copiosa ingesta de alcohol originaron el estupor del público, y la Cucina del Terror, llevada a cabo años después, con la participación de una banda de músicos sicilianos comandados por Chicho Fragapane. Noches de furor y locura, sucesos narrados en Los archivos del Club Dadá (vol. II).

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Laboratorio de Analisis Clínicos

Mario Maestu