Por Leandro Tuntisi

Fantasmas del Ópera

 

                            “Las claridades del carbón convirtiéndose en foca, rayo, insecto bajo tus ojos,

                             invadirán el día simple y rural y el cine de tu sueño.”

 

                                                       Tristán Tzara, “Sr. AA el antifilósofo”

 

En Roma, en el distrito de Castro Pretorio, donde se encontraban antiguamente las barracas de la guardia pretoriana, en un lugar que dimos en llamar cariñosamente con mi compañera “la piccola Sicilia”, donde confluyen antiguos y oscuros callejones, hay un viejo cine abandonado, el Cinema Volturno.

Me veo contemplando el viejo cine ciertos atardeceres invernales, mientras la gente de Roma busca el calor del hogar o algún café abierto.

Tardes, noches, trasnoches, con el rodar de aquellos filmes en la raída pantalla… La crudeza de la Italia de posguerra en el Neorrealismo; la commedia all’italiana que hacía reír a la platea y también solía tener algo de triste; aquellas divas del teléfono blanco; el rodar de la Alfetta de Vittorio por las calles de la Ciudad Eterna en Il Sorpasso; Ingrid Bergman y su desesperación al pie del volcán; un Mastroianni perplejo y fascinado con Anita Ekberg en la Fontana di Trevi; el polvoriento spaghetti western donde asuntos turbios se resolvían a balazos, bajo un sol que caía a plomo, por un puñado de dólares…

 

El viejo cine resiste, como nuestro Ópera…

Recuerdo vagamente aquellos días de asombro, en los añorados años 60, de pantaloncitos cortos, viendo con los ojos bien abiertos Lo bueno, lo malo y lo feo o Goldfinger, con la mujer dorada.

El acomodador bucea con su linterna en la oscuridad.

El chocolatinero ofrece su mercancía.

Allá arriba, el proyectorista hace rodar su máquina de sueños.

Luego sobrevendría una función de horror, precisamente al inicio de los 70… Una luz cegadora en la oscuridad de la noche invernal (la leyenda, amante de las simetrías, dice que fue durante la proyección de Z, de Costa-Gavras, que denunciaba un crimen político en medio del clima de las corruptas dictaduras de la época)… y después el rodar estelar de lunas, soles, estrellas, la lluvia triste cayendo sobre los escombros, con las palomas como espectadoras privilegiadas, durante largos años…

 

Vendrían otras funciones, otros tiempos…

Y ahora es todo un mundo el que se desvanece, y yo me veo como el último espectador, mientras la bella Claudine canta dulce y melancólicamente “Nada que perder”, en el final de La fiesta inolvidable, con Peter Sellers.

“Nada que perder”, por cierto, si ya todo se perdió hace tiempo.

Vaya fiesta inolvidable habían sido los 60.

 

 

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Laboratorio de Analisis Clínicos

Mario Maestu