Por Leandro Tuntisi

 

Drácula & Cía.

 

Desde tiempos inmemoriales, la figura del vampiro, del no muerto con su insaciable sed de sangre, ha tenido un protagonismo preponderante en el imaginario colectivo. Así lo destaca el licenciado Fredo Arias de la Canal en su extenso ensayo El Mamífero Hipócrita – “Los símbolos de la devoración”, publicado a lo largo de décadas en la revista hispanoamericana Norte, de México; basado en las profundas investigaciones de Freud y Jung –del primero, en los campos de la mitología, la ciencia de la literatura y la psicología de los artistas; y de Jung sobre Los arquetipos y lo inconsciente colectivo (1939). El ensayo, ilustrado con símbolos extraídos de la poesía universal, destacaba dos poemas míos.*

Yo había visto, claro está, filmes de vampiros de toda clase, desde aquellos legendarios de la Hammer, con el no menos legendario actor Christopher Lee, hasta el Drácula de Francis Coppola, versión bastante fiel de la novela de Bram Stoker; había visto también el clásico hollywoodense con el mítico actor húngaro Bela Lugosi –y también la cinta en clave de solfa The Fearless Vampire Killers, La danza de los vampiros (1967), de Roman Polanski, con la bella Sharon Tate, quien sería posteriormente asesinada por las desquiciadas huestes del Clan Manson en la escalofriante noche de Cielo Drive, donde la sangre pasó a ser siniestra y realmente derramada en un ritual macabro. Polanski dedicaría más adelante un filme a Sharon, su esposa muerta, Tess, con Nastassja Kinski, la hija de Klaus, otro vampiro memorable.

La dulce Sharon era raptada por el vampiro y el personaje de Polanski quería rescatarla de sus garras; la ya clásica escena del baile en el gran salón, donde el espejo revelaría la verdad, es una de mis favoritas del cine de vampiros.

El cine alemán, con sus sombríos planos que influirían en el Cine Negro, había dado un clásico en sus inicios: Nosferatu (1922) de W. Murnau. La escena en la que Nosferatu –el actor se llamaba Schreck (literal: “susto” en alemán) y no se conocen fotografías de su aspecto real-, la sombra del brazo de Nosferatu que se alarga escaleras arriba en busca de la doncella indefensa, pervive en mis retinas.

Aquel filme emblemático fue proyectado una extraña noche de otoño en la Biblioteca Alberdi, de la Esmeralda del Sur. Al salir, la niebla inundaba las calles y caía una luz mortecina desde las farolas.

Habría una remake de aquella antigua película de la era del cine mudo, Nosferatu, el vampiro (1979), a cargo de Werner Herzog, con su actor fetiche Klaus Kinski como el conde, la bella Isabelle Adjani y Bruno Ganz.

Kinski había intentado emular, singularmente, al siniestro personaje de la cinta de Murnau.

En la raída pantalla, caía densamente la niebla a través de la noche, como en las desoladas calles de mi ciudad, aquella inquietante noche de otoño.

 

*Este del número 322 -noviembre–diciembre 1984- extraído de Sacramento (fragmento): “Peligroso siglo/ de los violines ensangrentados/ de las piras funerarias/ de los cadáveres en los carros./ Mi dolor son los siglos/ jirones de carne que los pececitos muerden.”

La revista estaba ilustrada además con fotos de Christopher Lee caracterizado como el conde Drácula y de Judith Lange con su boca abierta como una piraña.

 

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